Yo, bastante joven; él, venerable anciano. Su figura me era ya muy familiar; diariamente, a la salida del trabajo en las oficinas de Christiani Nielsen en el puerto San Juan, lo veía sentado en un muro contemplando el mar. Circunstancialmente nos hicimos amigos y ya nos fue norma esperarnos uno al otro diariamente a las cuatro de la tarde. Recorríamos la soledad de la playa hasta que las sombras terminaban con el crepúsculo vespertino. ÉL era negro, de mediana estatura y facciones finas. Siempre con su inseparable sombrero de paño plomo. De amena y fluida conversación, denotaba no solamente educación y cultura sino una franqueza que armonizaba con cierta ingenuidad casi infantil. Él era el descubrido de la mina de hierro Marcona, valiosísimo yacimiento que enriqueció la economía del país en la década de los cincuenta. Don Justo la llamaba "Mi mina". Ahora solo era un humilde garitero que recibía humildísimo salario. ¿Qué conversábamos? Infinidad de temas. De películas mudas, con Edie Polo a la cabeza repartiendo golpes con ocho o nueve bandidos; de la enigmática e incomparable Greta Garbo o del fabuloso Chaplín de la mano con su pibe palomilla. Del Alianza Lima con sus endemoniados negros José María Lavalle y el Manguera Villanueva bailando marinera y haciendo piruetas con la pelota.... Lo cierto es que nos hicimos grandes amigos. Cierta vez lo invité a almorzar conmigo en el comedor de empleados; fue un domingo, y no lo olvido porque no pusieron pan en ese almuerzo con don Justo, por el siguiente hecho anecdótico, difícil de olvidar: el personal de empleados, lo conformábamos, en su mayoría, un grupo de –en ese entonces– muchachos de Nasca, con excepción de César Pradel y Pedro Alva, solteros, que, venidos de Lima, constituían un significativo aporte a la camaradería en nuestro centro de trabajo. El día anterior, sábado, después de muchas peripecias, se había logrado cazar un inmenso cóndor, ave de gigantescas alas que volando a alturas de veinte mil pies sobrepasan algunas veces los Andes para venir a las costas en busca de alimento. No obstante ser una locura lo que se le ocurrió a Tomás Taylor, único chalaco del grupo, lo secundamos en la idea de darnos un banquete con el tremendo animal. Para convencernos empleó un convincente palabreo, diciéndonos que era un delicioso manjar, más agradable que el pavo y el chancho asado. Creímos todo esto con inocencia, y sin más ni más, cargamos con el cóndor muerto a la playa donde hicimos una fogata y con agua hirviente procedimos a desplumarlo, abrirlo, destriparlo y limpiarlo. Todos nos creíamos expertos, pero en verdad nadie sabía nada de nada. Sólo pensábamos en comerlo. No almorzamos para tener más apetito. ¡Qué afán! Lo llevamos a la panadería de Cabrera y lo metimos al horno. ¿Qué podíamos saber nosotros de cuestiones culinarias? Lejos de nuestras esposas, solteros por accidente, creíamos ciegamente en lo que Taylor nos dijera, así que nuevamente retornamos a la playa esperando que se cumplieran las dos horas de cocimiento al horno, mientras nos solazábamos discurriendo que muy pocas personas podían haber disfrutado de un festín como el que se nos aproximaba. De pronto, un raro y desagradable olor que iba en aumento nos dejó paralizados. Corrimos a la panadería y allí nos detuvimos, incapaces de ingresar pues una terrible y pestilente emanación que de allí salía nos impedía, humanamente nos bloqueaba la entrada. Al fin, desesperados y tapándonos la nariz con trapos húmedos logramos sacar, chamuscándonos, al ya chamuscado por completo infeliz cóndor. Jalándolo como pudimos, lo arrojamos al mar. Mientras tanto, todo era alboroto en el campamento. Las amas de casa se asomaban por puertas y ventanas para decirnos improperios y muchas lisuras, varias de ellas hasta nos corretearon con escobas y cacerolas para golpearnos. Todo el campamento quedó impregnado de ese nauseabundo olor a carne podrida horneada. Todo esto fue quizá la postrera venganza del orgulloso gigante de las alturas Más sinopsis sobre Con don Justo Pastor Rivas, descubridor de la mina de Marcona
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Con don Justo Pastor Rivas, descubridor de la mina de Marcona por Salvador Navarro Cossio 2008
lunes, 2 de junio de 2008
Personajes de Nasca: El Marqués de Eulestia (Salvador Navarro)
Qué lejano el tiempo polvoriento en la infancia cuando en Nasca, casi una aldea, era una aventura llegar al encanto de la cocha de Bisambra y chapotear en sus aguas bajo el incesante cacareo de las gallaretas escondidas en los juncos de sus orillas. Infantiles momentos de quienes ya pasaron al reposo de los idos o son reposados abuelos en el invierno de sus vidas... Fue en uno de esos andares que aparece en el recuerdo, la figura de uno de los personajes folklóricos más interesantes de Nasca: el Marqués de Eulestia. No muy alto; su delgada y negra estampa destacaba las no desagradables facciones que coronaban en negro y ensortijado cabello, con mirada que dejaba aflorar una curiosa inteligencia que obligaba a su interlocutor a poner interés en lo que él decía. ¿Su vestir?, pues, sí, de singular elegancia. Con sarita en verano y sombrero berzalino en invierno. Siempre a la moda. Por algo era sastre, y de los buenos. ¿Dinero?, sólo lo que ganaba con el acierto de sus agujas y tijeras. No llegaba por entonces a los treinta abriles y sus décimas y poemas eran el toque preciso y oportuno en cuanto festejo y reunión se daba en la villa. Indudablemente, Nasca tuvo en él una anticipada versión de Nicomedes Santa Cruz. Aunque su nombre real y verdadero era Críspulo Restituto Molina, él decía llamarse Marqués de Eulestia, pretendiendo tal denominación por haber sido quizá alguna vez en sus años mozos en Lima, aprendiz con el sastre que vistió a don José de la Riva Agüero propietario del nobiliario título de Marqués de Aulestia¬.Nuestro personaje vivía en ell Barrio de las Latas de Nasca; este había sido el escenario en que se habían desarrollado las últimas andanzas del Marqués. Por entonces él ya estaba perdido en las garras del alcoholismo, que finalmente, en un súbito colapso, lo llevó a la tumba. Ironías de la vida. Él, que pocos días antes reíase con Pío Dávila y en contrapunto a una décima, le decía: El que es cojudo al cielo no va Porque lo joden aquí Y se lo tiran allá. Pobre Marqués, tirado sobre unos pellejos en el húmedo suelo de una cantina del Barrio de las Latas, yacía muerto y solitario sin que ninguno de sus tantísimos amigos lo acompañara en su mortal soledad. Por suerte, alguien avisó a Tiburcio Rojas, joven vecino nasqueño con quien el Marqués se trataba de pariente y que acababa de llegar de Lima en su camión interprovincial. Tiburcio, con gran sentimiento y tristeza, viendo el solitario abandono de los restos del criollo payador, llamó a su hermano Julián y ambos se hicieron la solemne promesa de enterrar digna y cristianamente a tan genuino representante de la bohemia nasqueña. Sin embargo, una gran preocupación embargaba a los hermanos Rojas. El velorio estaba vacío. No había nadie. Las horas transcurrían y seguía la triste soledad. -¿Qué hacemos?-, se decían, -¿De dónde sacamos gente? Otra vez la suerte batió sus alas benevolentes con la aparición de Characuta, fiel y abnegado súbdito de Baco. -Por si acaso-, díjole Julián a Tiburcio, -voy a mandar por unos tragos, de manera que tú, Characuta, que eres buena gente, te vas donde Lisung y te compras una lata de cañazo, una rueda de cigarrillos Nacional y media arroba de coca. Toma la plata. Y Dios, en su grandeza, no podía abandonar al bueno del Marqués. No bien regresó Characuta con los encargos, el tremendo tufillo –no tufillo sino tufo– de su curtida garganta lo delató haberse anticipado a todo protocolo innecesario en él, descubriendo la pureza y fuerza del bendito trago. Salió disparado el Characuta como chasqui con pescado para el Inca y ¡Oh prodigio!, comenzaron a llegar los "patas" del finado. No se podría saber si fue por los informes del Characuta o por el olímpico olfato de que dispone la mundial cofradía de los borrachos. Lo cierto es que fue llegando tanta y tanta gente que ya no cabía en la cámara mortuoria y copó casi el Barrio de las Latas; y, caso curioso, cada cual llevó su vela que, prendidas en la noche, con la ciudad a oscuras -ya que la luz Más sinopsis sobre Personajes de Nasca: El Marqués de Eulestia
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Personajes de Nasca: El Marqués de Eulestia por Salvador Navarro Cossio 2008
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Dos nasqueños en el extranjero (Por: Salvador Navarro)
Me encontraba de visita en el zoológico de Atlanta en los Estados Unidos, cuando me llamó la atención un cerco grande, muy limpio, con abundantes y cuidados fardos de alfalfa; al fondo, una pared blanca impedía la vista de otro ignorado ambiente. No se veía animal alguno, hasta que saliendo de atrás de esa pared, hizo su aparición un hermoso burro de color plomo. ¿Qué hacía allí ese burro? ¿Tan extraño era para los gringos un modesto pollino que lo exhibían como animal raro? ¿Eran Tan raros los gringos? ¿Era acaso un burro tan importante como las jirafas, los leones o los gorilas? Lo cierto es que este burrísimo jumento estaba allí prisionero como animal raro. Pero, qué clase de prisionero… con amplitud de desplazamiento, sin trabajar. Gordo, bien papeado… ¡Quién como él!, me dije, ¡Cuántos de mis paisanos quisieran estar en su pellejo! Cuánta alegría y sorpresa me causó este encuentro, sorpresa que fue en aumento cuando el noble jumento, se acerca a mí, me mira fijamente y comienza a rebuznar moviendo la cola y levantando el hocico en señal de amistad y regocijo. A los gringos que estaban a mi lado, ni siquiera los miró. ¡Dios mío!, ¿por qué no se dirigió donde ellos? Se acercó más a mí, muy cerca, para que lo acariciara… yo le pasé la mano por la frente y luego por la suave piel de su pescuezo, ambos expresábamos nuestro contento ante las asombradas miradas de los allí presentes. Pero, ¿qué había pasado? -Muy sencillo. Ese burro era peruano. No solamente peruano sino también nasqueño. Porque de seguro este, en su remota niñez me vio meter goles allá cuando, en mis últimos suspiros futbolísticos, jugué en el “ 18 Amigos de Nasca”; o quizá me condujo grogui después de alguna jarana en Socos, Copara, Las Trancas o Matara. Ya me retiraba, pero acordándome de Lord Byron, quien decía que una de las cosas más incomprensibles en los seres humanos es la inclinación a ocultar sus sentimientos, volví sobre mis pasos para depositar un beso sobre la frente del noble jumento. Esa es la suerte del nasqueño, sin hacer diferencias y en cualquier parte del mundo, nos reconocemos, nos abrazamos, nos queremos… En la plaza de armas de Nasca, en la tertulia diaria bajo el estrellado cielo, con una de esas malvadas ocurrencias del grupo, uno de los amigos puso colofón al cuento: -¡Qué cara te vería!… ¿no crees que los burros pueden reconocer a otro burro en cualquier país que estén? (de: Cronista de Nasca. Lima, 2008) Más sinopsis sobre Dos nasqueños en el extranjero
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Dos nasqueños en el extranjero por Salvador Navarro Cossio 2008
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Los llamadores (Por: Salvador Navarro)
Durante un verano especialmente seco y cálido como es usual en esta tierra de Nasca, mi pequeña hija Lily de apenas un añito de edad, enfermó repentinamente sin que los médicos atinaran a dar con el mal. La fiebre, la inapetencia, los labios resecos, el llanto continuo y los ojazos brillantes eran una señal inconfundible de "ojo". Así que, agarré mi camioneta y me fui a Jumana, a la chacra de mi compadre Armando Muñoz a buscar a la llamadora. Desgraciadamente, ya era finada. Pero estaba Lola, su hija, quien me dijo -¿Y para qué estoy yo?- Y sin mayores preámbulos se trepó al carro, porque, como no dejó de advertir, en casos como ese no hay que perder tiempo, pues las criaturas son frágiles y se van rapidito, como tortolitas. La Lola, en cuanto miró a la niña, dijo: - Esta criaturita está ojeada y asustada, ¿no ven sus pestañas separadas? A ver, la frente-, y diciendo y haciendo, pasó la lengua por la frente calenturienta, confirmando: -¡Está salada! Ahora, déjenme sola con la chiquita bonita, que ahorita la pongo bien-. Nos quedamos todos, la familia en pleno, solemnes y expectantes, esperando en el cuarto vecino. Se hizo un silencio que a nosotros nos pareció muy largo, pero luego, poco a poco se dejó oír la voz aflautada y cantarina de Lola, muy tenue al comienzo, afinándose para llamar como si viniera de lejos, de muy lejos, y al mismo tiempo llegaba el apagado rumor de un roce en el piso de cemento, que entendimos lo producía al arrastrar el atadito con los vestidos de la niña. Nos parecía que daba vueltas y vueltas, llamando, llamando..., a veces como si la llamara muy cerca al oído con la voz lejanísima, prolongada, como si buscara su ánima, reclamándole volver a su persona. Lo más extraordinario era que la niña se mantenía callada y al parecer tranquila, ni lloraba ni reclamaba a su mamá. Mucho después, -o así nos lo pareció- cuando al fin Lola se asomó a la puerta con la niña dormidita en sus brazos, murmuró, -Hemos estado a tiempo; un poco más, y se pasa-. Pidió aguja e hilo, y con rapidez y delicadeza sus soleados y delgados dedos armaron un paquetito rojo, similar a un detente, relleno quién sabe con qué hierbas, semillas o huairuros, bien rezadito, el cual prendió en el ropón que Lily llevaba puesto. -Es un seguro-, dijo, -debe llevarlo siempre pegado al cuerpo, no te olvides. Seguramente ya adivinan el resto de la historia: Al día siguiente la niña amaneció fresca y lozana, con hambre y ganas de cantar, bailar, jugar y fastidiar. Y, bueno, de los doctores, qué podemos decir. Aunque extrañados por la repentina mejoría de la niña, como buenos paisanos, ellos sabían que cuando la ciencia no atinaba, era porque con seguridad se trataba de "ojo" o "susto" ¡y ya escapaba a su competencia, pues! (En: Cronista de Nasca, Lima, 2008) Más sinopsis sobre Los llamadores
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Los llamadores por Salvador Navarro Cossio 2008
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Nasca: El barrio de las Latas (Por. Salvador Navarro)
Para ese entonces, en la década de los años veinte, ya no se hablaba en Nasca del convento que existió hacía muchas décadas entre las calles Lima y Grau y que comenzaba en lo que actualmente es la cárcel pública. Ya por entonces también había ya desaparecido la acequia que por el centro surcaba en toda su extensión, desde Bisambra hasta la Tahona, la calle Principal que ahora se llama Lima, donde la señora Isidora Mata, esposa del señor José Pazos Corzo, recién iniciaba la venta de lotes de terrenos rústicos para la construcción de viviendas urbanas. El Hotel de Turistas, al igual que la plazuela Bolognesi, eran terrenos baldíos propiedad del señor Pablo Espejo Rojas, y el Colegio Enrique Fracchia que donara la señora Anita Roncagliolo viuda de Fracchia, aún no se edificaba. Era la época pródiga de Nasca: el áureo metal salía en abundancia de sus minas en Sol de Oro y eran favorables los años de agua, cuando las avenidas eran de gran volumen en los ríos de Las Trancas, Aja y Tierras Blancas. También en el urbanismo nasqueño había hecho ya su aparición el conocido "Barrio de las Latas", al final de la calle Grau; había surgido a raíz del desborde del río Nasca que destruyó las precarias chozas de adobe y carrizo que ahí existían. Las Latas de gasolina se podría decir que eran como unidad de medida de capacidad. En las tiendas y en los tambos se pedía una lata de arroz para significar dieciocho kilos o se compraba una lata de galletas de agua o una lata de aguardiente o de cañazo. Las latas en que llegaba la gasolina o el kerosene, venían de a par en cepillados y bien presentables cajones de madera. Esas latas terminaban su periplo como depósitos de basura y era normal encontrar botadas infinidad de ellas. Como no tenían costo alguno, la gente menesterosa las extendían para, uniéndolas, hacer sus rústicas y minúsculas viviendas al final de la calle Grau, colindante con el río, formando así el conocido Barrio de las Latas, con sus míseras cantinas de piso de tierra, de paredes de lata y bajísimos techos también de lata. Muchas veces a este Barrio de las Latas, visibles personas de Nasca recalaron a terminar la mona en otros sitios iniciada. María Astorga, mujer del marqués, recibía y atendía a José Pazos, Pedro Montoya, a los hermanos Ancaya, a Chico Cristóbal Valle, a Ricardo Roncagliolo o al mataperro de Nicolás de la Borda, a quien no veía desde aquella vez en que llegara con ese buenmozo joven de Ica, medio gago, que prefería el pisco a la cerveza. Ese señor a quien su comadre Bartola Panizo, cuando se lo presentaron, le dijera: -¿Señor Lucho Massa? -Si... si... se – se – ñora; para ser – ser –servirla. -¡Qué gusto conocerlo! ¡Me han hablado tanto de usted! -Ajá –Ajá – Se – se – señora -¿Y sus hijos señor Massa? – A ellos sí los conozco de vista. ¡Qué buenmozos! -Fa – fa –favor que me ha – hace se – se – señora -¿Y podría decirme, señor Massa, ha salido alguno gago como usted? -Mi – mire Ud. se – se – señora. Yo, a nin – ninguno de mis hijos los he – hecho con la len – lengua. Últimamente ya no se gastaban bromas con ella porque sabían lo que, molesta, le contestó a Chico Valle, que con sus pícaros y castaños ojos, burlándose del Marqués, comenzó a canturrearle: Anoche que te vi paseando con tu negrito maricón, con sus zapatitos bayos y el pique que allí está Ají, Ajó la leva de tu señó Ají, Ají, Ajó...... -¡La puta que te parió!, replicó colérica, María Astorga. El periplo obligado de los amigos de las francachelas era empezar los tragos en el Hotel Lima, continuando donde Pancho Muñoz y rematando finalmente donde María Astorga, mujer del marqués,de Eulestia en el Barrio de las Latas de Nasca. Este es el escenario en que se habían desarrollado las últimas andanzas del Marqués y de donde partió finalmente a la eternidad. El Barrio de la Latas persisitió todavía hasta bien entrada la década de los años sesenta. Fragmento de un relato del libro de Salvador Navarro Cossio, "Cronista de Nasca", Lima, 2008.Más sinopsis sobre Nasca: El barrio de las Latas
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Nasca: El barrio de las Latas por Salvador Navarro Cossio 2008
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El doctor Morsecki y los Apus de Nasca (Por: Salvador Navarro)
A propósito de la influencia de los cerros en el destino de los hombres, ha quedado en la memoria de Nasca la extraña fascinación del doctor Morseski por los cerros de Nasca; su llamado era tan fuerte que lo llevaron hasta un trágico final. Cuentan que allá por el año 1918, llegó a Nasca un médico ruso llamado Ignacio Morseski, traído por el millonario comerciante y agricultor italiano Enrique Fracchia. Se habían hecho amigos en Lima donde el médico llegó huyendo de la implacable persecución bolchevique luego de la sangrienta revolución rusa, Fracchia, logró convencerlo y lo trajo a Nasca alojándolo en las cómodas instalaciones de su hacienda Majoro. La presencia de este médico ruso, fue una bendición para el pueblo de Nasca. Hombre dotado de excepcionales condiciones profesionales y de una profunda sensibilidad por el prójimo, se dedicó por completo a servir diaria y gratuitamente a la infinidad de personas que contritas y esperanzadas caminaban desde tempranas horas de Nasca hasta Majoro, para recibir sus milagrosas curaciones. Nunca se supo que este samaritano europeo cobrara honorario alguno por sus servicios profesionales. Muy querido y quizás por la fe que en él tenían, algunas viejas gentes campesinas de ese entonces, le llamaban "TAITA HUIRA". Los apus parece que ejercían sobre él un extraño influjo; no se sabe qué poder telúrico lo atraía a los cerros. No escuchaba los consejos de los lugareños sobre el peligro que encierran las trochas y desfiladeros deleznables de las alturas. Muchas veces su retorno a Majoro se producía ya bien entrada la noche. Para tranquilidad de los nasqueños, aceptó como acompañante a Pompeyo Maldonado, conocido huaquero que sí sabía de los peligros que tenía que evitar don Ignacio Morseski. Desde muy muchacho Pompeyo había caminado y conocido los cerros de la zona, de manera que su presencia ofrecía seguridad a las inquietudes ecuestres del médico ruso. Por otro lado, Pompeyo se enorgullecía del codiciado privilegio de ser el acompañante del Dr. Morseski. Fue un fatídico domingo siete, cuando quiso el destino que el silencioso médico ruso decidiera escalar la cumbre majestuosa del cerro ‘‘Fraile'''', que desde hacía tiempo se había constituido en su obsesión. Desde que llegara a Nasca, su mirada siempre se centraba en ese cerro. Parecía que con ansia, acariciaba el momento en que alcanzara sus alturas. Era una fuerza incontenible que lo dominaba, que lo impelía a la montaña, a encontrarse tal vez con los arcanos remotos de los Nascas ¿Vino quizá para eso desde las estepas rusas? Pero Pompeyo se negó a emprender el viaje. Algo le anunciaba peligro. Su rotunda negativa también obedecía, no solo al presentimiento, sino que, como buen moreno que era, fielmente creía en el mal agüero del domingo siete. Mas, ¿qué hacer?, donde manda capitán no manda marinero. Iniciaron la caminata a las primeras horas del día. Según Pompeyo, todo se desenvolvía sin novedad, pero, ya en las alturas, Morseski insistió en pasar adelante, distanciándose apreciablemente de él, no obstante sus advertencias y, en un recodo del ascenso lo perdió de vista para no verlo más. No oyó ni un grito. Nada. Nada. Pompeyo, muy asustado, gritó hasta enronquecer y su mirada escudriñó los más recónditos lugares en donde pudiera estar su acompañante, pero todo fue en vano. Morseski había desaparecido. Entrada la noche, Pompeyo, más muerto que vivo, temblando de miedo logró llegar a Majoro y luego a Nasca para dar la trágica noticia. La tranquila villa se remeció hasta sus cimientos. En un primer momento se negaron a aceptar que pudiese haber muerto, y albergando la esperanza de encontrarlo con vida, se lanzaron al rescate. La población entera se volcó a los caminos. Una línea de antorchas en fantasmagórico desfile se desplazó entre cerros y quebradas durante toda aquella larga noche, buscando y llamando. Finalmente, encontraron al fondo de un barranco, el cadáver intacto del malogrado médico ruso. A la tristeza que embargaba a la multitud, se aunó un furtivo comentario, apenas un susurro que corría de boca en boca, de que el cerro se lo había llevado. No se recuerda en la historia de este pueblo, acontecimiento más luctuoso que el entierro del doctor Ignacio Morseski. Velado en el Deprofundis de la iglesia cercana a la Plaza de Armas, fue llevado posteriormente con impresionante acompañamiento del pueblo entero, entre cánticos y sollozos al camposanto, inaugurando casi el cementerio San Luis de Aja, que pocos días antes, con el entierro del profesor Atanasio Anicama, había iniciado sus fúnebres servicios. Más sinopsis sobre El doctor Morseski y los apus de Nasca
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Una gringa en Nasca: María Reiche (Por :Salvador Navarro)
-Buenos días. ¿Estar señor alcalde? Yo querer verlo. Una gringa alta, de lentes, de académica apariencia y armonioso cuerpo me hacía esta pregunta con marcado acento teutón; se refería al joven burgomaestre José Pazos Mata, quien en ese entonces –año 1946- presidía la Junta Municipal Transitoria de Nasca. Era uno de los primeros meses de ese ya lejano año cuando Nasca todavía no se recuperaba de los estragos del terremoto del 42. Yo, que desempeñaba el cargo de secretario de la Municipalidad, le hice saber que él no tardaría en llegar y le rogué tomar asiento en el despacho de la alcaldía. Poco después hacía su aparición Pepe Pazos y al enterarse de la presencia de la doctora María Reiche, que era la persona referida, me dijo con su conocida jovialidad: -Acompáñame negro, tú que eres medio gringo. Fue así como el destino me deparó la suerte de conocer a la entonces joven María Reiche, cincuenta años más tarde reconocida como sabia de resonancia mundial. Fue así como estuve presente durante la conversación con que se inicia la gesta del descubrimiento de las líneas y dibujos de las pampas de Nasca, al lado de José Pazos Mata, uno de los mejores alcaldes que Nasca ha tenido. En esa entrevista, logró María Reiche hacerse entender en su difícil castellano, expresando que el doctor Paul Kosok, prestigioso catedrático de la Universidad de Columbia se había dirigido a ella, quien se encontraba trabajando en el Cuzco, para encargarle viajar a Nasca para estudiar los interesantes trazos y dibujos, cuya presencia él había podido confirmar desde el avión en que viajaba sobre las Pampas de San José, cercanas al distrito de Ingenio; que por tal razón ella venía a solicitar la autorización para realizar sus investigaciones in situ, y, de ser posible gozar de alguna ayuda económica. Pazos Mata, con la fineza que lo distinguía, le respondió que le agradecía en nombre de Nasca hacerle saber de este nuevo hallazgo de la historia antigua de su pueblo y que, como alcalde la autorizaba para realizar sus trabajos e investigaciones en las mismas Pampas. En cuanto a la ayuda económica, no pudo ofrecérsela pues los recursos municipales eran estrechísimos. Recuerdo que no había dinero ni para reparar el reloj público afectado por el terremoto ni restituirlo en el frontispicio del local del municipio. Ese reloj aún existe en el mismo lugar aunque siempre con irregular funcionamiento. Sin embargo, Pazos Mata le ofreció movilidad para trasladarse de Nasca a las Pampas en el nuevo y recién adquirido camión de la Baja Policía. En coordinación con el doctor Alberto Rossel Castro, párroco de Nasca e inspector de museo y biblioteca, dio precisas instrucciones para que ella pudiera movilizarse junto con el chofer en las oportunidades que ella creyera convenientes; dispuso también que se le dieran órdenes de compra para algunos víveres y escobas –con alemán sentido práctico ella tenía ya como prioridad la limpieza de los trazos- para las tiendas de don Alejandro Lisung y don César Augusto Lí. (En: Cronista de Nasca, Lima, 2008) Más sinopsis sobre Una gringa en Nasca: María Reiche
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